Mejores cuentos de navidad

¡Navidad  navidad dulce navidad!

La Navidad forma parte de la dicha de muchas personas que recordamos nuestros días de pequeños cuando pasábamos estos días con nuestra familia comiendo y charlando tranquilamente. Por desgracia estas tradiciones navideñas ya están muriendo dando paso a navidades mas frías y con familias más separadas.

Por dicha y gracias a las películas más que nada, los cuentos navideños que fueron escritos ya hace muchos años aun siguen vivos en nuestras mentes. Aprovechando que estamos ya llegando a esta época veamos los 3 mejores cuentos de Navidad que podrás leer alguna vez.

 

 

Cuento de navidad, de Charles Dickens

mejorescuentosdenavidadCuento de Navidad es una enternecedora y magnífica historia en la cual se muestra el poder que tiene esta época en las personas. Y tan fuerte es ese poder que es capaz de cambiar al más egoísta del mundo para volverlo generoso; al más intransigente para que actúe de forma más permisiva; al más desalmado para hacerle redescubrir su propio hueco en el mundo; y por supuesto, al más desdichado para que acepte la felicidad que surge en su nueva vida.

Todos estos logros son conseguidos gracias a la Navidad y a todas esas buenas vibraciones que la época navideña desprende, pues las intenciones de cooperación y solidaridad se vuelven indispensables, creando así una atmósfera cargada de amor, amistad y voluntad.

Pero no le resultará fácil ese cambio. Nuestro personaje, aquel al que Dickens decidió darle la oportunidad de mostrar al mundo que las personas pueden ser buenas si quieren, deberá pasar por unas duras experiencias hasta llegar a su destino, hasta ese momento en el que se da cuenta de que ha estado viviendo la vida de la peor forma posible, desaprovechando miles de oportunidades de celebrar las fiestas con alegría, de ser tan feliz como el resto sí era capaz de serlo.

Este intenso cuento de Dickens nos hace ver que no debemos enfadarnos con el mundo, que el ceño fruncido no siempre es buena opción, y que, a pesar de nuestro egoísmo, nada nos hará sentir mejor que compartir aquello que tenemos con quienes de verdad lo necesitan y valorarán. Bien se trate del dinero del que dispongamos, de un techo bajo el que dormir, o del amor que guardamos en nuestros corazones.

 

 

Cartas de Papá Noel – J.R.R. Tolkien

mejorescuentosdenavidad2Si hay un libro para leerles a los niños durante el adviento, para mi es, sin duda, el que recoge una selección de las cartas que Papá Noel les escribió a los hijos de Tolkien durante más de 20 años. La primera llegó cuando John, el mayor, tenía 3 años. La última, cuando Priscilla, la más pequeña, cumplió los 14. Todo esto sucedía entre los años 20 y 40 del sigo XX; la última se escribe en medio de la Segunda Guerra Mundial. Este es un fragmento de esa carta:

“¡Feliz Navidad! Confío en que este año vuelvas a colgar el calcetín, porque todavía me quedan algunas cositas para ti. Después, tendré que despedirme más o menos: me refiero a que no me olvidaré de ti. Siempre guardamos los números antiguos de nuestros amigos de toda la vida, y su cartas; y con el tiempo esperamos a volver a saber de ellos, cuando se hacen mayores y tienen casa propia e hijos.”

Los cuatro hijos de Tolkien disfrutaron durante este tiempo de las cartas que llegaban todas las Navidades, escritas de la mano del propio Papá Noel, con su letra temblorosa y vacilante. Más adelante, también empezaron a participar sus ayudantes: el Oso Polar del Norte, con sus trazos gruesos, y su secretario elfo Ilbereth, con su elegante caligrafía. Los personajes son cada vez más numerosos: Paksu y Valkotukka, sobrinos del Oso Polar, elfos de la nieve, gnomos rojos, muñecos de nieve, osos de las cavernas… Estas cartas, llenas de relatos sencillos y, a la vez, maravillosos, venían acompañadas de ilustraciones, anotaciones, sellos del Polo Norte y sobres magníficamente caligrafiados. Pero lo mejor, los relatos fantásticos de la vida en el Polo Norte, tal como podemos leer en la solapa de la edición de El Aleph:

“cómo se soltaron todos los renos de los trineos y se desperdigaron los regalos por doquier; cómo el inoportuno Oso Polar escaló el Polo Norte y se cayó por el tejado de la casa de Papá Noel para aterrizar en el comedor; cómo rompió la Luna en cuatro partes e hizo que el hombre que vive en ella cayera en el jardín; y ¡cómo se declaró la guerra a una horda de trasgos picapleitos que vivían en unas cuevas debajo de la casa!”

La reina de las nieves – Carmen Martín Gaite

mejorescuentosdenavidad1“La Reina de las Nieves” es una historia que se lee con impaciencia, cuya trama se desarrolla a fuego lento, lo cual resulta contraproducente para el lector, quien resigue las líneas del texto contagiado por un extraño magnetismo que le perseguirá hasta el final. No es para menos: en el prólogo, la autora nos advierte que no fue una historia fácil para ella. En la introducción a la novela, la escritora salmantina Carmen Martín Gaite nos confesaba haber vivido un largo proceso se escritura con este título. Desde 1975 hasta 1984, la autora trabajó en la novela a temporadas intermitentes que incluyeron un ‘entierro’ de ocho años. Tuvo que transcurrir ese lapso de tiempo para que Martín Gaite recuperara el texto con fuerzas renovadas, y para entonces, los personajes y la historia habían fertilizado. Como las buenas historias que se dejan en reposo, se recuperan con el tiempo y se escriben solas.

Con semejante estímulo inicial, no es de extrañar que quisiera devorar el libro sin dilación. Sin embargo, mi lectura también ha pasado por rachas intermitentes de interés. Me enamoraba, me desenamoraba. Sabía que, en el fondo, se gestaba algo grande en la trama. Desconocía qué era pero sabía que debía seguir leyendo. En estos casos, las convenciones del lector deben ser completamente ignoradas. En otras palabras: me he dejado guiar por la autora, incluso cuando lo que contaba no era más que el reflejo narrativo del vacío del personaje, en su búsqueda hacia lo que siempre anheló. Así, los fragmentos de tramas secundarias, en los que la historia se ensanchaba, eran interpretados por mí como una digresión que me impacientaba –y, como una es impaciente, multiplícalo por dos–, pero seguí leyendo hasta rebañar los huesos de una novela que se desnuda lentamente, y que te deja tiritando.

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