La ciudad desolada, Ransom Riggs

Bueno, resulto ser mejor

Excelente sucesión de la primera parte. Giros bruscos, una narración en extremo real de los términos en los cuales Inglaterra vivió bajo fuego, astros que van madurando y maneras originales de volar sus permisos. Es impactante lo que ha causado el galán con las fotografías. Cómo ha embastado una vida en la cual fotografías de editorial acompañan cada parte del suceso. En trajín trascendente.

Segunda parte de El refugio de Miss Peregrine para niños peculiares. Jacob Portman y sus chocantes amigos siguen con su viaje en persecución de la cura para su profesora Miss Peregrine. Pero no será nada comprensible dado que sus enemigos les están siguiendo el rastro. Al venir a Londres se dan nota de que la capital se encuentra consumida y las bombas causantes de ese derrumbo incluso siguen acechándolos en todas partes, empero estos valientes niños tendrán que afrontar a esto y más que pondrán a evidencia sus destrezas.

La ciudad desolada (El Hogar De Miss Peregrine Para Niños Peculiares)

Parte, de la primera parte:

UNO
Cruzamos el puerto a remo, pasamos junto a embarcaciones que se balanceaban al son de las olas, supurando herrumbre entre las juntas, por delante de jurados de silenciosas aves marinas perchadas en lo alto de los restos de embarcaderos casi sumergidos y cubiertos de percebes, por delante de pescadores que abandonaban sus redes para mirarnos glacialmente a nuestro paso, sin saber muy bien si éramos reales o imaginarios; una procesión de fantasmas desfilando por el agua, o de futuros fantasmas. Éramos diez niños y un pájaro a bordo de tres inestables arquitas, remando con silenciosa intensidad hacia mar abierto, el único puerto seguro en muchos kilómetros a la redonda alejándose con rapidez a nuestras espaldas, agreste y mágico, bajo la luz azul dorada del amanecer.

Nuestro objetivo, la tortuosa costa de Gales, estaba en algún lugar delante de nosotros pero apenas era visible, un borrón de tinta acuclillado en el lejano horizonte. Pasamos frente al viejo faro, plácido en la distancia, escenario de tanto dolor la noche anterior. Era allí donde, con las bombas explotando sin cesar a nuestro alrededor, habíamos estado a punto de hundirnos, a punto de ser destrozados por las balas; donde había cogido una pistola, apretado el gatillo y matado a un hombre, un acto todavía incomprensible para mí; donde habíamos perdido a Miss Peregrine para recuperarla después —arrancada de las mandíbulas de acero de un submarino—, aunque la Miss Peregrine que había vuelto a nosotros estaba maltrecha, necesitada de una ayuda que no sabíamos cómo darle. Permanecía ahora asentada en la popa de la barca, viendo desvanecerse el santuario que había creado, que iba perdiéndose a lo lejos a cada palada que dábamos. Superamos por fin el rompeolas y nos adentramos en una oscuridad inmensa, y la superficie lisa de las aguas del puerto cedió paso a pequeñas olas que rompían contra los costados de las barcas. Oí un avión ensartándose entre las nubes por encima de nosotros y dejé de bogar un momento para levantar la cabeza, imaginándome cómo se vería nuestra minúscula flota desde aquella altura: el mundo que había elegido, y todo lo que yo poseía, nuestras preciosas y peculiares vidas, contenido en su totalidad en tres astillas de madera navegando a la deriva por el vasto ojo del mar, que jamás parpadeaba. Misericordia.

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