El tren de los huerfanos, Christine Kline

Es inusual, pero es uno de los mejores

Esta es una historia preciosa. No se puede terminar de leer en un día, así que pasaras los días con ansias hasta que al fin tengas tiempo de continuar con la lectura. Esta es una novela escrita con un cierto sabor latino, lo que la hace mágica e interesante. Aunque a partir de un cierto momento el final es algo predecible, la narración permite deleitarse con la anticipación.

Es un libro muy interesante desde el punto de vista histórico lo cual no esperaba realmente, dado a que no tiene pinta de ello, en si mismo tiene mucha tensión, es fácil de leer y no puedes dejarlo. Te sorprenderá la riqueza de nuevos conocimientos que te entregara fácilmente.

 

El tren de los huerfanos

el-tren-de-los-huerfanos-libros-utilesVivian Daly es una anciana de 91 años y Molly, de 17, es una joven problemática que vive con una familia de acogida. Vivian y Molly se conocen cuando esta última, condenada a realizar trabajos sociales por haber tratado de robar un libro en la biblioteca local, acepta encargarse de la limpieza de la buhardilla de la anciana. A medida que trabaja, ella y Vivian empiezan a compartir la historia de sus vidas, que tiene muchos puntos en común.

Y así comienza:

Spruce Harbor, Maine, 2011

A través de la pared de su dormitorio, Molly oye a sus padres de acogida hablando de ella en el salón, justo al otro lado de la puerta.
—No es esto lo que pactamos — está diciendo Dina—. Si hubiera sabido que tenía tantos problemas, nunca habría accedido.
—Lo sé, lo sé. — La voz de Ralph denota cansancio.
Molly sabe que es él quien deseaba ser padre de acogida. Mucho tiempo atrás, en su juventud, cuando era un «adolescente con problemas», como le dijo a ella sin rodeos, un asistente social de su escuela lo había inscrito en el programa Big Brother, y siempre había sentido que su «hermano mayor» — su mentor, como él lo llama— lo llevaba por el buen camino. Dina, en cambio, receló de Molly desde el principio. No ayudó que antes de Molly tuvieran un chico que trató de prender fuego a la escuela primaria.
—Ya aguanto bastante tensión en el trabajo — dice Dina, levantando la voz—. No necesito llegar a casa y encontrarme con esta mierda.
Dina trabaja en la centralita de la comisaría de Spruce Harbor y, por lo que Molly sabe, allí no hay mucha tensión:
algunos conductores borrachos, un ojo morado de vez en cuando, pequeños hurtos, accidentes. Si has de trabajar en la centralita de una comisaría en cualquier lugar del mundo, Spruce Harbor es probablemente el sitio menos estresante que quepa imaginar. Pero Dina está tensa por naturaleza, cualquier nimiedad la irrita. Es como si diera por sentado que todo irá bien, y cuando no es así — lo cual, por supuesto, ocurre con frecuencia— se sorprende y se siente afrentada.
Molly es todo lo contrario. Tantas cosas le han ido mal en sus diecisiete años que no espera nada bueno. Cuando algo va bien, apenas sabe qué pensar.
Y justo eso había ocurrido con Jack. Cuando Molly fue trasladada al instituto de Mount Desert Island el año anterior, en décimo grado, la mayoría de los chicos se obstinaban en evitarla. Tenían sus amigos, sus camarillas, y ella no encajaba en ninguna. Cierto es que no lo había puesto fácil; sabe por experiencia que ser dura y rara es preferible a ser infeliz y vulnerable, y utiliza su imagen gótica como una coraza. Jack era el único que había intentado atravesarla.
Fue a mediados de octubre, en clase de Ciencias Sociales. Cuando llegó el momento de formar equipos para un proyecto, Molly, como de costumbre, era el bicho raro. Jack le pidió que se uniera a él y su compañera, Jody, claramente menos entusiasmada. Durante toda la clase de cincuenta minutos, Molly fue un gato con el lomo erizado. ¿Por qué Jack estaba siendo tan amable? ¿Qué quería de ella? ¿Era uno de esos tipos aficionados a estar con la chica rara? Fuera cual fuese el motivo de Jack, Molly no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro. Se quedó de pie atrás, los brazos cruzados, hombros caídos, pelo negro apelmazado tapándole los ojos. Se encogió de hombros y resopló cuando Jack planteó preguntas, pero cumplió con su parte del trabajo.
—Esa chica es muy rara — oyó Molly que murmurabaJody cuando salían de clase después de que sonara el timbre—. Me da miedo.
Molly se volvió y se encontró con los ojos de Jack, y él la sorprendió con una sonrisa.
—Creo que es impresionante — dijo, sosteniéndole la mirada.
Por primera vez desde su llegada a ese instituto, Molly no pudo evitarlo: le devolvió la sonrisa.
En los últimos meses, Molly se ha enterado de algunos detalles de la historia de Jack. Su padre era un emigrante dominicano que conoció a su madre recogiendo arándanos en Cherryfield, la dejó embarazada, volvió a República Dominicana para liarse con una chica de allí, y jamás miró atrás.
Su madre, que nunca se casó, trabaja para una anciana adinerada que vive en una mansión a orillas de la bahía. A Jack también le correspondería estar en los márgenes de la sociedad, pero no lo está. Tiene algunos activos que juegan a su favor: habilidad en el campo de fútbol, una sonrisa deslumbrante, ojazos y pestañas fabulosas. Y aunque él se niega a tomarse en serio a sí mismo, Molly se da cuenta de que es mucho más listo de lo que reconoce; probablemente ni siquiera sabe cuán listo es.
A Molly no le importan en absoluto las proezas de Jack en el campo de fútbol, pero la inteligencia la respeta. (Los ojazos son un plus.) Su propia curiosidad es lo único que ha evitado que Molly se descarríe. Ser gótica borra toda expectativa de convencionalidad, con lo cual Molly descubre que puede ser rara de muchas maneras al mismo tiempo. Lee sin descanso — en los pasillos, en la cafetería—, sobre todo novelas con protagonistas angustiados: Las vírgenes suicidas, El guardián entre el centeno, La campana de cristal. Escribe palabras en una libreta, porque le gusta como suenan: «arpía», «pusilánime», «talismán», «matrona», «enervante», «sicofante»…

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